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viernes, agosto 04, 2006

Nachiketas

A veces la memoria asociativa me juega muy malas pasadas. Hace unos días vi en la página de Yahoo una pregunta: ¿Cuál fue el primer libro que leíste?. Me puse a pensar en ello y, la verdad, no pude recordarlo. Así que cambié la pregunta y me pregunté: ¿Cuál fue el primer texto que leíste que te hizo querer seguir leyendo? Y un sólo nombre vino a mi mente: Nachiketas.

Tras este nombre que parece extraído de un albur, está mi recuerdo más antiguo de la literatura. Fue la primera vez que me encontré concepto de una historia fantástica pero, de alguna forma, real. Los clásicos infantiles que había encontrado antes: Epaminondas, El Negrito Sambo (esos dos existen, lo juro. Me los contaba mi tía), Caperucita Roja, Vulgarcito Pulgarcito y demás pertenecían a una realidad alterna, inexistente e inalcanzable para mí. La historia de Nachiketas podría ser real y, sin embargo, tenía ese aire fantástico que la separaba casi imperceptiblemente de la vida diaria.

Era 1982 o quizás 1983. Era un sábado, curiosamente eso sí lo recuerdo bien. Mi hermana me leía un cuento y, como no me gustaban los clásicos de Grimm, había escogido tomar el libro "Lecturas Clásicas para Niños", aquel que había sido compilado por José Vasconcelos y reeditado una y otra vez por la SEP. A mí el libro me encantaba, por la variedad de los autores, tanto en temas y estilos como en nacionalidad. El tomo I tenía historias árabes, japonesas, griegas, hindúes e israelitas. En el segundo aparecía un fragmento de una obra de Shakespeare (La Tempestad), cuentos de Tolstoi y El Príncipe Feliz de Wilde.

Pero divago, el punto es que Beatriz, mi hermana, me leía el tomo I de esas Lecturas. Y escogió "La Lección de la Muerte", extraído del Kata Upanishad, para ver si me dormía. En esa historia se narraba el viaje del Príncipe Nachiketas quien, molesto por los sacrificios que hacía su padre y que a su vista no agradaban a los dioses, pregunta a quién será entregado él mismo. Su padre decide entregarlo a la muerte. Nachiketas es un joven valiente y parte a la casa de la muerte. No la encuentra cuando llega y la espera durante tres días.

Al llegar la muerte, ésta se siente apenada porque un huésped distinguido la ha estado esperando. Y por ello le concede tres deseos. Nachiketas pide regresar con bien a su padre y la muerte se lo concede. Nachiketas pide entonces que le diga cuál es el camino adecuado para llegar a ser santo. Y la muerte le enseña ese camino. Finalmente, Nachiketas le pide que le explique su misterio: ¿Qué hay más allá de la muerte?

La muerte le pide que escoja otro deseo, pues es una pregunta difícil de contestar. Le ofrece oro, joyas, mujeres, poder sobre los demás hombres. Pero Nachiketas los rechaza, diciendo que esos dones se quedarán en el mundo material y que no valdrán nada cuando él finalmente tenga que llegar a la morada de la muerte, esta vez para siempre. La muerte queda complacida por su gentil reclamo y le expone el misterio.

(Copia infiel del original que encontré en Internet)


Una cosa es lo justo y otra cosa es lo agradable. Los dos caminos existen para el hombre, y el insensato escoge el camino de lo agradable. Per tú, oh Nachiketas, has escogido sabiamante el camino de lo justo. Aquellos que escogen lo agradable, ciegos conducidos por ciegos, yerran el fin de la vida. El brillo de sus riquezas los ciega, el ruido de sus fiestas les impide escuchar la voz de su alma, que es parte del alma de Dios. El sabio que logra escuchar la voz que reside en su corazón, gracias a la calma de sus sentidos y de su espíritu, aparta su ala de sus órganos, se eleva por encima de la alegría y del dolor, cosa transistorias, y alcanza la divinidad. En cambio, el incensato nace y muere como el trigo, y vuelve a nacer en la tierra, por que no es digno de entrar en el reino de Dios, y cae una y mil veces en mis manos.

El alma es dueña del carro. El cuerpo es el carro. La razón es el cochero y el espíritu es rienda. Los sentidos son lo caballos, los objetos de los sentidos son las rutas que recorre el carro. Alma, sentidos e inteligencia, constituyen al hombre dotado de sensación. El insensato deja desbocar los caballos; pero el sabio los guía con mano segura y los conduce por el camino del cielo y de la inmortalidad, al fin de las transmigraciones, el el seno de Dios. No necesita de su cuerpo el que quiera ser semejante a Dios, por que Dios no tiene forma, ni color, ni olor, ni tacto, ni sonido, ni gusto; es inagotable, eterno, sin fin ni principio. Más grande que lo más grande, inmutable. Aquel que lo conoce escapa a la boca de la muerte. Sólo nuestra alma, que viaja a lo lejos sin moverse, que recorre el espacio sin bogar, es capaz de al canzar la divinidad inmortal.

Así Nachiketas, habiendo aprendido de la muerte el secreto de la sabiduría y las reglas de la perfección, puro de toda mancha, libre de toda pasión, se libró de la Muerte, poseedor de la Inmortalidad. Lo mismo parsará con todos aquellos que conozcan su alma y la consagren a Dios.


(El giro al final es parte de la edición de Vasconcelos. En el original el secreto está dentro de uno mismo y el final es: "¡Que el hombre alcance el verdadero Ser que está en el interior de su cuerpo y medite en él con firmeza! ¡Conozca, pues, a ese Ser como lo Radiante y lo Inmortal!" [...] Así será con cualquier otro que conozca todo lo que se refiere al Ser.")

Cuando mi hermana terminó de leerme la historia, yo estaba lejos de caer dormido. Le pedí el libro y leí nuevamente. Lo que más me impactó fue la actitud de la muerte, apenada por llegar tarde. Fue cuando me di cuenta de la belleza de la literatura y, a partir de ahí, nació mi gusto por la lectura.

Se preguntarán que otros efectos residuales le deja a un niño de 4 ó 5 años la lectura de "La lección de la muerte". El asunto varía. Hay quienes enloquecen parcialmente, se recuperan y siguen con su vida. Otros enloquecen totalmente y acaban haciendo ajustes de curvas de rayos X, mientras se acuerda de Nachiketas. Algunos hasta tienen un blog y muestran que, en efecto, su memoria asociativa los traiciona y acaban escribiendo un post sin pies ni cabeza, pero eso sí, lleno de recuerdos.

Darth Tradd
Grosvenor Street
Manchester, UK

8 Comments:

Blogger Jack Maybrick said...

Por algún lado debo tener aún esos dos libros. Me los heredó mi abuelo. Ahí conocí a Sherezada, que me presentó a Simbad. Cuántas historias. De hecho, fue por esos cuentos que yo empecé a escribir. Mi primer lectura en firme fue un cuentecillo de historia que me dieron en la Embajada de México en Londres, supongo yo que para que me quedara quieto. Ni siquiera estoy seguro de que fuera en la embajada. Tenía yo unos seis años.

Y yo escribiendo sobre el programa espacial Apolo. Qué asco me doy a veces...

7:00 a.m.  
Anonymous Cataclísmica la Becaria said...

La lluvia no me deja dormir, así que tengo una pregunta: ¿tan joven soy como para no conocer a la Señorica Cometa ni a esos libros? Díganme que sí, necesito que alguien me levante el ánimo...

9:06 a.m.  
Blogger Darth Tradd said...

Jack, sin duda esa compilación de historias fue básica para que muchos nos descarriáramos y comenzáramos a leer (y a escribir) cosas cada vez más raras. Ahh y por cierto, ¡ahora sí me hiciste reir con tu último comentario!

Mi querida Cata, ¿Qué haces despierta a estas horas? ¡Son más de las tres de la mañana!

Y sí, definitivamente eres joven y debes estar feliz de no haber conocido a la Señorita Cometa, según creo. El chivo ese que salía con la Señorita Cometa me sigue espantando a veces.

¡Un abrazo!

9:46 a.m.  
Blogger Jack Maybrick said...

Aunque se perdió de poder saber por qué a medio mundo le decían Takeshi o Koyi... Por cierto que debo de estar ya muy oxidado, porque no recuerdo ningún chivo en la serie de la Señorita Cometa. Me acuerdo claramente que había un dragón de felpa, Chivigón, a quien le gustaba mucho beber leche. Don Cloro te regaló uno, Cata. No te separabas de él nunca. Debió ser el juguete que destruiste con más cariño en el mundo...

Pero no todo está perdido. Si buscas lo suficiente, lo encontrarás en algún lado: en este caso, en Japón y Youtube. Amigos míos, les presento a la Señorita Cometa, Kometto-San en persona.

7:10 p.m.  
Blogger Darth Tradd said...

Cierto, el dragón se llamaba Chivigón y por eso (supongo) me acordaba que era un chivo. Mis recuerdos de la Señorita Cometa no son tan claros, apenas soy modelo '78...

Por cierto, en youtube está un episodio en blanco y negro y en español, justo aquí.

7:28 p.m.  
Blogger Jack Maybrick said...

Supongo que en alguna parte algún japonés loco tiene que tener todos los episodios en DVD, con las primeras temporadas a B/W y las últimas en color. Si los encuentro, te los voy a reglar, Cata, para que sepas lo que sufrimos quienes vivimos en esa época.

Como nota cultural e histórica, los episodios íntegros de la Señorita Cometa y los de "Ahí Viene Cascarrabias" se perdieron en el terremoto de 1985, cuando se cayeron los edificios de Televisa en los cuales se guardaban las cintas. Esos episodios que circulan en Youtube (son cuatro en total, en blanco y negro y con el doblaje mexicano) fueron grabados en Venezuela con una videograbadora Betamax. En Televisa nadie se ha animado a solicitar una nueva copia de la serie a Japón y realizar un nuevo doblaje, para que las nuevas generaciones conozcan por qué nuestras degeneraciones (yo soy modelo 73) son como son. En Septiembre: la historia del Terremoto de 1985.

12:50 a.m.  
Blogger Darth Tradd said...

No sabía que la Señorita Cometa y Ahí viene Cascarrabias se habían perdido en el terremoto. Que mal, si eran básicos para entender la generación setentera, hija de...
tantas influencias culturales que es ocioso (pero muy divertido) contarlas.

1:45 p.m.  
Anonymous Cataclísmica la Becaria said...

¿Qué tenían esas series y caricaturas que todo mundo los veía? (además de ser las únicas que pasaban, claro)

Estuve viendo a la Señorita Cometa y me pareció muy rara, se parece mucho a los estereotipos japoneses del ama de casa muy ama de casa y los japoneses muy serviciales y trabajadores, pero los niños parecen más Daniel el Travieso a la japonesa que japonesitos de verdad.

5:02 p.m.  

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